La pintura también tiende a expresarse a partir de la memoria del pintor, trata de poner en orden las experiencias vividas. En esa memoria están archivados los paisajes, las gentes, los objetos que de algún modo constituyen los referentes imaginarios, la materia prima con que se elabora el arte. Ulpiano Carrasco sabe muy bien hasta qué punto su obra responde a esas previas inducciones de la experiencia personal. Si no lo supiera, se habría inventado otros territorios, otras gentes, otros yacimientos de la realidad para organizar temáticamente su pintura.

La más notoria consecuencia de esa actitud arranca, sin duda, de su manera de traducir en formas y colores los espacios nativos. Al margen de las figuras o de los referentes humanos que puedan poblar esta pintura, es el paisaje el que adquiere un rango más perentorio. Todas esas arboledas, florestas, labrantíos, barbechos reiteradamente elegidos como argumentos plásticos pertenecen, en efecto, a la órbita rural con la que ha convivido Ulpiano Carrasco desde que decidió hacerse pintor. El paisaje manchego, vinculado por lo común a la campiña conquense, ocupa la primordial zona de desarrollo de su obra. Y es ahí en la sensibilidad ante ese paisaje donde ha encontrado el artista su razón de ser, es decir, su modo de pintar. Una estética que coincide de modo ostensible con la estética de la naturaleza manchega. Ulpiano Carrasco ha tenido, como es obvio, sus maestros. Por ahí anda de pronto la materia poderosa de su paisano Benjamín Palencia, por ahí andan también las vigorosas urdimbres de un expresionismo atemperado por la más minuciosa paleta impresionista. El uso del color como fuente argumental obedece aquí al mismo estímulo comunicativo que el proveniente de la deformación de la realidad para hacerla más artísticamente operativa. Tal vez algunos de esos óleos recuerden entonces, por citar una referencia posible, ciertos rasgos estéticos de Van Gogh sobre todo en lo que respecta a los empastes en espiral. Pero por encima de esas apoyaturas técnicas, de esos sedimentos de lenguajes sutilmente aprendidos sobresale siempre la personalidad de Ulpiano Carrasco en cuanto creador de una honesta, sensible, apasionada trasposición artística de la naturaleza.

 

 

José Manuel Caballero Bonald, 1990



La pintura de Ulpiano Carrasco es la manifestación del poder lírico, tonos intensos y puros proclamando la libertad del trazo que los conjuga. Hay ritmos y vibraciones musicales en cse movimiento apasionado del pincel cuando ejecuta y fija la impronta dinámica de su huella en manchas, formas y volúmenes, como si de una batuta imaginaria se tratara. Fiesta de colores frescos que celebra imágenes seculares. Campos y tierras castellanas adquieren la brillantez luminosa dictada por un estado de ánimo, una mezcla de humores compulsivos ante la luz, el aire libre; grandes espacios abiertos al impulso gozoso de plasmar la imagen en un arrebato de formas que son gestos de color: verdes, negros, bermellones, blancos, ocres, intérpretes de la audacia con que son enérgicamente armonizados hacia lo esencial por el impulso emocional y emocionado del ejecutante, en este caso el pintor Felicidad Sánchez-Pacheco. Arteguía, 1991 

Los óleos de Ulpiano Carrasco están creados vitalmente, y, por ser nato y vocativo, que goza de facultades brillantes, uno diría que trata a las tierras como propias o viejas conocidas, la temática de plásticas panorámicas y los paisajes abiertos fulgurantemente impresionabilizados. Por eso su pintura no solamente refleja lo que ve (campos, cielos, soles y trigales) sino que seduce por ser creativa. Reproduce en formas naturales y con gran sentido de la ebullición colorística lo artístico de las mismas. Si la historia carece de capacidad creadora, como sostiene Zubiri, la persona, el artista, individualmente demuestra lo contrario. El caso de Ulpiano Carrasco es tan patente de lo que digo como él responsable de los que hace, debido no tanto a la actitud como a la sintonía con sus convicciones estéticas. Con ellas nos pone ante el atractivo de un paisaje específico con caminos abiertos por la fresca y grácil geografía como uno de los más naturales goces estéticos del espíritu. 

 Mario Ángel Marrodán. 1992.


EL ESPLENDOR DEL PAISAJE  

    El impresionismo, germinal capítulo creado en los mediados del siglo XIX por los iniciadores de la pintura moderna, cuando el arte se abismaba en una decadencia incontenible, elevó la categoría del paisaje. El impresionismo era una manera de pintar que ofrecía una versión viva y fresca del mundo. Frente al cansancio de la pintura académica, los pintores impresionistas plasmaron el temblor de la naturaleza. En estado de pureza surgió por doquier un esplendor colorista de incalculables matizaciones. Aquella nueva y sensible interpretación objetiva al tiempo que idealizada, que alcanzó altas cimas espirituales, carecía, sin embargo, de las estructuras interiores que había sostenido la entidad de la pintura de las grandes épocas. Como consecuencia de la visión purificadora del impresionismo, nacieron más tarde sorprendentes plasmaciones paisajísticas que adquirieron el peso y la profundidad de la gran pintura. Tal vez el expresionismo fue la más prodigiosa de aquellas derivaciones. Cuando los pintores expresionistas representaron al hombre, dejaron patente la pasión de nuestro tiempo con sus dolores y esperanzas; y cuando los Nolde, los Munch, los Ensor, los Kokoschka, crearon sus paisajes, llenaron el mundo de auroras, de resplandecientes mediodias y de crepúsculos. Nunca como entonces ardió el fuego en el corazón de la pintura.  

Con sus últimos paisajes, vuelve a Madrid nuevamente Ulpiano Carrasco, joven pintor manchego del que hemos visto estos años hermosas obras en la feria Artesantander, en la capital cántabra, ámbito donde su pintura ha demostrado la fuerte personalidad del artista.  

Creemos que el talento de un pintor, entre otras cosas, se advierte por su capacidad selectiva, sobre todo por la elección de sus maestros. Ulpiano es un hombre solitario que realiza su obra aislado en los aledaños de Villanueva de la Jara, pueblo de La Mancha conquense. Sus mentores han sido precisamente los más ilustres maestros de la región feraz: Benjamín Palencia v Gregorio Prieto, sobre todo el primero. Ellos fueron los más geniales intérpretes del paisaje manchego y máximos representantes de la pintura española contemporánea.  

Una incursión europea, permitió a nuestro pintor conocer las obras de los grandes artistas del siglo, sobre todo las de Van Gogh, cuyo genio ha dejado honda huella en el quehacer de Ulpiano. Esa gozosa influencia tan felizmente asumida por él, le ha entregado los medios para lograr una visión esplendorosa del paisaje.  

Ulpiano pertenece a esa fracción de la juventud que no acepta a ultranza las retóricas maneras del arte al uso, el que bajo apariencia renovadora se enseña en las escuelas y se ve profusamente en las galerías de arte. Sus paisajes, directamente vividos, sentidos en toda su intensidad, nada se relacionan con las rebuscadas originalidades en boga. El gran Kokoschka escribió: "Arquitectos, escultores, pinto- res y escritores, confunden el arte con la moda. La moda es una cosa de segunda mano, lo contrario de la creación. En nuestros días, las modas artísticas cambian tan rápidamente como la longitud de las faldas".  

La obra de Ulpiano se constituye, tanto por su esplendor colorista como por su construcción rítmica, en un testimonio vivo del paisaje de Castilla. Un paisaje recibido como herencia de la apertura impresionista, y provisto de un impulso creador que le conduce hasta los linderos del expresionismo.  

Luis García-Ochoa. 1993.

Real Academia de San Fernando.

LLEVAR EL NOMBRE DE ULPIANO MARCA MUCHO 

    En la literatura taurina es famoso el artículo, dedicado a ensalzar las gracias de un diestro en el ruedo, que se tituló "Es de Ronda y se llama Cayetano". Me viene a la memoria y lo adapto a la ocasión porque Ulpiano Carrasco nacido en la provincia de Cuenca, en una pedanía de Villanueva de la Jara, ya en La Mancha conquense que mira hacia Albacete, es nuevo en la plaza pictórica de Barcelona y por la obra que trae se merece el entusiasta apoyo ante nuestra afición artística. Tiene maneras y sabe plantear con seguridad y aplomo la difícil faena que merece cada cuadro, así como dejar en el aire pausado de sus exposiciones, joven aún, nos llega con amplio bagaje de colectivas y de individuales, un sentido de renovación dentro de la ortodoxia de los cánones.  

    Llevar el nombre de Ulpiano distingue y marca mucho. A los juristas les recordará al romano Domicio Ulpiano, gran compilador de leyes que por su honradez murió asesinado por la guardia pretoriana del emperador Heliogábalo; a los expertos en el santoral les evocará a aquel Ulpiano, cuya fiesta canónica se celebra el 3 de Abril y que, metido en un saco con un perro y una serpiente, fue ahogado en el mar por su fe. Y a los estudiosos de la pintura española les llevará a pensar en Ulpiano Checa y Sanz, en un tiempo famoso por sus grandes composiciones con caballos al galope y cuyo cuadro más conocido es aquel de "La invasión de los bárbaros" que, antaño, figuraba en muchos libros de historia para escolares. Pero Ulpiano Carrasco no procede del mundo de los juristas; es, a mi entender moderadamente bueno, sin pasarse en cuanto a santidades; y no es nada efectista por lo que atañe a su pintura, pese a lo exaltado de su color. Ulpiano Carrasco es, sencillamente, un artista que se compenetra con la fuerza de su Cuenca manchega y la describe con natural vitalidad.            

Recuerdo con emoción un viaje en tren que hice de Cuenca a Valencia una tarde de otoño. El trayecto fue una interminable y gozosa suma de emociones cromáticas. Las mismas que se sienten ante los cuadros de Ulpiano Carrasco, discípulo en la eternidad del tiempo que siempre vuelve de Van Gogh y de Benjamín Palencia, pero plenamente original desde sus vivencias de niño. Sintió el campo manchego y su identificarse con sus maravillosas mutaciones, que no son solo de color sino de vida que se expresa con el cromatismo. Fue sencillo en su espontánea dicción y luego, cuando aprendió técnicas y acumuló conocimientos, ha sabido poner lo primigenio por delante de las formas.  

Es de Cuenca y se llama Ulpiano... Recuerden la frase porque Ulpiano Carrasco, que en Madrid y otros puntos de España se ha ganado un honroso puesto entre los jóvenes pintores figurativos, dará más y más que hablar, y es que su pintura conecta con la verdad eterna de la tierra; de aquella que es me- nos que un punto en el universo, pero que nos hace sentir y nos permite conectar con lo demás cuando llegamos a entender que es lo único auténtico que tenemos.  

Josep M. Cadena. Cruz de San Jordi. 1998.

ULPIANO CARRASCO O LA METÁFORA DE LA MANCHA  

    La pintura de este artista no es precisamente cómoda o fácil de digerir. No hay que darle vueltas, cada uno es de donde nace y pinta lo que ve y a Ulpiano se le notan mucho sus raíces mesetarias. Aquí es más importante la tierra que el cielo. Sobre ella se vive y en ella se mueve. En esa línea, sus lienzos van directamente a la cabeza y no al corazón. Es una pintura para pensar y admirar el paisaje de La Mancha.  

Sabe muy bien que para ser universal hay que comenzar por ser localista. En sus obras no hay que buscar lugares precisos, concretos. Cuando ejecuta un paisaje lo simplifica de tal manera que eso que comenzó siendo algo geográfico se transforma en idea, en sentimiento. Pinta no un paisaje sino el paisaje. Sus perspectivas se construyen partiendo de un plano superior para irse perdiendo al fondo. Utilizando un término cinematográfico diría que realiza un suave picado. Con semejante técnica el campo de visión se acorta. Ni aun así, Carrasco deja cancha a los cielos. Estos ocupan un espacio secundario y reducido.  

Como decía más arriba, Ulpiano es un pintor que disfruta más con las vides, las mieses, la tierra y caminos que con nubes y soles. A diferencia de otros paisajistas que proyectan una suave melancolía a través de sus creaciones; Ulpiano transmite una sensación de fuerza, de resistencia al agobio, de lucha por salir adelante, incluso en contra de los elementos. Y como toda fuerza es luminosa, también lo es la obra de Ulpiano Carrasco. No sé si sus campos de mies no son un recurso para llenar de luz los cuatro lados del bastidor. Una luz directa, sin filtros de ninguna clase, brillante y rotunda. Al margen de gustos personales sobre su pintura, hay que reconocer su honestidad como artista. Pinta lo que ve y se expresa en una rotundidad apabullante. Él es así, persona sin vericuetos y artista sin complicidades inconfesables. Al término de su periplo vital siempre termina sabiéndose la verdad.  

Y la obra bien hecha permanecerá en el tiempo como la de Ulpiano Carrasco. A pesar de su juventud le avalan más de diez años exponiendo individualmente, y eso también se nota. Ha ido evolucionando y cambiando hacia unas formas de expresión cada vez más personales. De modo que se puede afirmar que Ulpiano posee un estilo personal e inconfundible. Al hacer estas afirmaciones hay que evitar cualquier tipo de comparaciones con otros artistas. Cada uno lleva su camino, el tiempo dirá si acertado.  

Yo he apostado por este artista que posee una de las cualidades más interesantes de un creador: la curiosidad, el deseo de ver y aprender. Su actitud es siempre receptiva, luego seleccionará aquello que más le importa. Ulpiano sabe que el arte es profesión de corredores de fondo, un ejercicio lento y pesado a veces, pero también sabe que terminará llegando a la meta.

 

José María Arenaza Urrutia, 1994. 

Catedrático de Historia del Arte.

PINTURA DE ULPIANO CARRASCO 

    En la pintura de Ulpiano Carrasco el color se enciende y se expande vibrante sobre el soporte. Sus paisajes nos acercan a una realidad que ha sido desgranada por la sensibilidad del artista y, posteriormente, reestructurada a través de vitales pinceladas que parecen engarzarse rítmicamente. La insistencia en definir la obra a través del color se acomoda en la obra reciente de Ulpiano Carrasco a un nuevo diálogo con la línea. Ambos elementos formales se integran para definir un discurso inconfundible, asentado en la irrefrenable energía de una pincelada y un trazo que asumen la naturaleza como un ser vivo; esto es, como un organismo dotado de una energía intrínseca, latente, que el artista consigue sacar a la luz a través de su pintura. A lo largo de su trayectoria, Ulpiano Carrasco ha ido intensificando su relación con la naturaleza hasta identificar su análisis plástico con la construcción exultante de la imagen, si bien algunos de sus recientes paisajes atemperan el color e integran suaves matices azulados. El espacio plástico es el resultado de esta construcción tonal, un espacio que se proyecta hacia la propia superficie del soporte: en la obra de Ulpiano Carrasco la composición no es instrumento para organizar un espacio medido, proyectado en profundidad, sino para acercar la vivacidad de la imagen al espectador. Su pintura es firmemente expresiva y, en esta composición, todos los trazos cromáticos son causa de evocaciones. En su pintura el horizonte no sirve para marcar la distancia que permite situar cada cosa en su sitio. Al contrario, este horizonte actúa como marco de una imagen que se materializa impuesta en primer plano, con una rotundidad que no esconde; sin embargo, los múltiples y complejos de matices cromáticos que han elaborado la imagen final Ulpiano Carrasco separa el mundo de la creación y el mundo de la naturaleza de su representación realista y estrictamente verosímil. Distancia que, en su caso, se convierte siempre en exigencia de la creatividad plástica, y que procede de ese impulso interior que lleva a transformar las cosas para encontrar un nuevo grado de belleza distinto al habitual. 

José Pérez-Guerra, 2007.

El Punto de las Artes.


ULPIANO CARRASCO Y LA INCARDINACIÓN PICTÓRICA DEL ESPÍRITU EN LOS MOTIVOS DE LA VIDA

En el mes de noviembre de 1988 –estamos hablando de hace veintiséis años y pico- escribí por primera vez sobre la pintura de Ulpiano Carrasco, a quien presenté en la exposición que realizaba en la sala Comas de Barcelona. El artista se mostraba profesionalmente por primera vez en Cataluña, y me arriesgué –siempre me ha gustado hacerlo- a recomendar intensamente su obra. Después volví a acompañarlo en diversas ocasiones, y ahora, como es natural, insisto nuevamente. Cada vez mi posible mérito como propagador de su trabajo es menor –y en estos momentos, posiblemente, incluso inexistente-, ya que ha alcanzado por su propia excelencia un amplio reconocimiento del público, quien ha sabido apreciar una figuración muy personal, que nos explica de forma bien clara y potente la necesidad que tenemos de consolidar los valores del mundo al que pertenecemos para superar el desconcierto en que, por desgracia, nos encontramos.

La crisis nos rodea a nivel mundial, y creemos poder vencerla defendiéndonos de sus síntomas, cuando realmente esta afecta a nuestras propias estructuras. Vemos el entorno, pero ignoramos que la verdadera enfermedad social se encuentra instalada en el núcleo, que sufre verdaderamente porque ha perdido el sentido de la creación y de la existencia, y no sabe ver la constante regeneración que, por fortuna, realiza la Naturaleza y que, también por suerte, capta Ulpiano Carrasco en sus cuadros, que van más allá de las cualidades que le han procurado el favor de los amantes del dinamismo en el color. Sus paisajes y sus dominios plásticos son el mágico fluido magmático de un volcán que explota sobre la tierra de su Cuenca natal y se proyecta para destruir la superficialidad del que decae y permite la germinación de una nueva era.

Es necesario que miremos los cuadros que nos presenta Ulpiano Carrasco con voluntad de recuperación colectiva, viendo en su color el impulso necesario para superar las limitaciones del momento presente. Su pintura es un verdadero grito que nace del dolor pero que nos anima a reencontrarnos de nuevo como personas que creen en un futuro que va más allá de los inventos y de la tecnología, ya que su objetivo es el espíritu que persigue incardinándose en los verdaderos motivos de la existencia de la vida.

Josep M. Cadena. 2003. Crítico de Arte.


ULPIANO CARRASCO EN SANTANDER.

 

Yo creo recordar que entré en conocimiento de la obra de este pintor en las anteriores ediciones de Artesantander. Me agradó su interpretación del paisaje y sus maneras, y comprobé que era un pintor de éxito al ver cómo sus cuadros se iban vendiendo de manera rápida. Hoy el pintor Carrasco ha depurado su técnica colorista hasta llegar al extremo de que sus cuadros, uno a uno, son un derroche de fortaleza y que no hay dudas en el trabajo que nos presenta. La muestra de la Galería Cervantes es un desfile de 15 piezas cada una más atrevida que la anterior. Son lienzos que parecen arder desde dentro comunicando al espectador una atracción que explica que el visitante se detenga, cuadro a cuadro, escudriñando entre latigazos fauvistas el cómo van apareciendo girasoles, almendros, amapolas vivientes y cielos de un azul bellísimo. Entre amarillos, rojos y azules es donde, al menos veo yo, se mueve la obra de Carrasco. Y digo bien cuando digo, se mueve.

Carrasco maneja el pincel con soltura y es dibujante con el pincel. De esa manera manejando masas de color que parece chorrear, va logrando efectos constantes de movimiento no sólo en las cosas que se pueden mover, como son los girasoles, las ramas de un almendro o la superficie del agua. Es que Carrasco ha logrado que la tierra, el terruño para ser más cabal, se mueva merced a los impulsos de sus masas coloristas.

Y no piense nadie que la obra de este artista es violenta. Está llena de delicadezas que hay que saber ver y buscar. Hay lirismo sin vacilaciones. Sé que es difícil de dar con él, pero la obra de Carrasco es de visita detenida y de observación pausada. Una vez vistos sus cuadros con atención y calma llegamos a la conclusión de que el lirismo está allí latente y casi escondido, pero está.

Hay reminiscencias a lo Van Gogh, sin duda. Hay visiones del paisaje a lo Benjamín Palencia, también es cierto. Pero la conclusión final es que la obra es única, personal e intransferible de Ulpiano Carrasco, uno de los pintores más auténticos de hoy. 

DÁMASO GUTIERREZ CUEVAS.   El Diario Montañés.



PUBLICACIONES:

RUBIO NOMBLOT, Javier. El Clima. Ed. El Punto de las Artes. 1988.

Revista ARTEGUíA. DIRECTORIO DE ARTE ESPAÑA. Ed. Fernán-Gómez. 1992.

RODRíGUEZ-ACOSTA, María Cruz. Ulpiano Carrasco. ACK Comunicación. 1993.

Diccionario de Pintores y Escultores Españoles del Siglo XX. Forum Artis. 1994. 

Diccionario “Quién y por qué”. El Punto de las Artes. Madrid. 2000.

Catálogo Ulpiano Carrasco (Opera Gallery, Singapur). 2002.

Catálogo Ulpiano y La Mancha (Galería de Arte Sokoa, Madrid). 2004.

Índice Español de Humanidades, Bellas Artes, Volumen 13. 2006.

Catálogo Hispanic Heritage (Opera Gallery, Miami). 2006.

PÉREZ GUERRA, J., El Símbolo del Paisaje. Ed. El Punto de las Artes. 2006.

Catálogo Tempting Memories (Opera Gallery, Hong Kong). 2007.

Catálogo El Hombre y los Fractales (Galería Comas, Barcelona). 2010.

Mir Soria, Patricia. "Mapas", Europa Press. Galería Puchol, Valencia. 2011.


EL HOMBRE Y LOS FRACTALES

La exposición de Ulpiano Carrasco en la Galería Comas se titula "el hombre y los fractales", con pinturas, serie "Fractal" realizada con óleo y técnica mixta sobre lienzo; unos paisajes colmados de tonos angulares en los que la fracción o el encuadre aparece como ámbito habitado, desde múltiples consideraciones. Son arquitecturas de grandes metrópolis y también parcelas rurales en las que se intuye la dinámica de los días y de las estaciones entre formas y colores al rojo vivo, como si el cromatismo, "fauve", rugiese hasta concertar el tono en cantos existenciales.

Ulpiano Carrasco (Casas de Santa Cruz, Cuenca, 1961) es un profesional formado asumiendo los retos que cada proyecto procura. Y practicando se ha curtido en el esbozo dibujado, en la composición equilibrada;

midiendo sin perder su propio sentido, para que los procedimientos pictóricos alumbren la dimensión y los cromos liberen sus propiedades en pos del conjunto siempre subjetivo. Celebra sus primeras exposiciones en Albacete y Yecla el año 1985; y en los 25 años transcurrido ha protagonizado numerosas exposiciones individuales, ha participado en colectivas y ferias de arte españolas y extranjeras: Artesantander; Lineart, en Gante; Artesevilla; Artexpo en Barcelona y Nueva York... obteniendo importantes galardones en certámenes nacionales. Y su obra figura en colecciones públicas y privadas.La exposición "el hombre y los fractales", de Ulpiano Carrasco, en la Galería Comas, Paseo de Gracia 114, Barcelona, se clausurará el 20 de mayo 2010.

El Punto de las Artes.


ARTISTA PRISTINO Y ESENCIAL 

    Ulpiano Carrasco, artista prístino y esencial, veraz; que ha creado escuela, su propia escuela, enraizada en la “veta brava de la pintura española” (proclamada por el maestro Lafuente Ferrari), vuelve a la Galería de Arte Ángeles Penche con una muy interesante colección de obra reciente, coherente con su línea estilística que venimos conociendo. 

En otro momento, señalé que Ulpiano Carrasco, como genuino artista postmoderno, sincretiza en su pintura distintos paradigmas que las vanguardias y post-vanguardias investigaron y desarrollaron en el pasado siglo; y han quedado, como arquetipos y pautas, para dotar a la pintura de la máxima expresividad, con la que el artista puede revelar sus íntimas percepciones y emociones.  

Nacido el artista en Casas de Santa Cruz, al sur de la provincia de Cuenca, (1961) y residenciado en Villanueva de la Jara, representa en la pintura española la culminación de una línea de interpretación manchega del paisaje; que, naciendo del inconformismo de Benjamín Palencia, rompiendo con la línea clasicista, fue y es continuada para llegar a una representación subjetiva de lo que el artista ve, en la que los colores y aun las formas son sustituidos por una interpretación personal de la realidad observada, buscando una diégesis exegética de la naturaleza así traducida al lenguaje pictórico más expresivo.  

Es su paleta fovista y polisémica, luminosa; más aún, brillante hasta casi la agresión. Su lenguaje formal se inscribe en la neofiguración, que trata de acabar con la anécdota para ir a lo inmanente. En su pintura hace materia la explosión cromática del expresionismo de un Kandinsky, antesala y borde fronterizo de la pintura abstracta, patente primordialmente en sus paisajes rurales más palpitantes (véase p.e., Viña en Otoño); en donde encontramos cierta paronomasia expresiva con Mark Tobey e incluso con Jackson Pollock.  

En la paleta de Ulpiano Carrasco sobresalen los colores azules, rojos y amarillos, o sus compuestos, verdes y violetas como lo eran en los pintores precedentes de este paisajismo manchego, en donde los contrastes son elementos objetivos de la composición plástica, así como una solución inteligente de la perspectiva. Su trazo seguro y su textura matérica dotan a sus paisajes y bodegones de una gran energía psicodélica.  

Sus cuadros son luminosos, como lo son los colores de la luz refractada en toda su gama, gracias al milagro de su paleta y de sus pinceles, manejados con la sensibilidad característica de este pintor. La pintura de Ulpiano Carrasco, en fin, es vibrante, colorista, atractiva, contenedora de una poética personal y catalizadora de toda una corriente histórica de la pintura manchega española, de la que es un muy notorio representante.  

ESPIRAL DE LAS ARTES, 2015.

TIERRA, CIELO Y MAR

 

    Tierra, cielo y mar. Ulpiano Carrasco sigue fiel a los inconfundibles paisajes de su Manchuela natal en unas vistas analíticas de gran carga expresiva. El artista ha logrado la compleja tarea de transformar la Manchuela en un universo plástico que, al igual que la caprichosa naturaleza, es capaz de mostrarnos un amplio abanico de contrastes y riquezas expresivas. Siempre cambiante, el pincel de Ulpiano Carrasco persigue esa panorámica de transición transformando la realidad en un paisaje simbólico y muy personal. La visión más topográfica de series anteriores ha dejado paso a una floresta de gran exuberancia que presume del protagonismo de la composición en un primer plano. Un manto de flores de brillantes y limpios colores que relegan al celaje al último término. Donde el cielo sí ha mudado y la nubosidad se torna más palpable es en su serie de Nueva York donde, curiosamente, los rascacielos de la megalópolis comparten paleta cromática con la floresta conquense. Para completar esta triada desde la tierra de La Mancha, pasando por el cielo que cubre Nueva York, llegamos a las costas lamidas por el mar. Y es que fruto de un reciente viaje Ulpiano Carrasco muestra una familia de piezas inspiradas en el océano con vistas de puertos y embarcaciones de lugares tan dispares como el Caribe, Madeira o Gibraltar. Todos estos trabajos se pueden disfrutar en otro escenario tan icónico como Venecia donde la Sist'Art Gallery, dirigida por la prestigiosa marchante de arte Sara Sist, sigue apostando fuerte por la personalidad del artista conquense. Una colaboración mutua que ya se prorroga durante más de un lustro y que ahora escribe un nuevo capítulo con la exhibición en vivo del artista en un escenario tan especial como “La Cappella Sist’Art”, magnífico espacio de exposiciones -Antigua Iglesia Valdense- en la misma Piazza San Marco de la ciudad de los canales.

Patricia Mir Soria.
Crítica de Arte.



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Con Antonio López en Madrid, 1996


EL PAISAJE, EL PAISAJISMO Y UNA PALABRA SUSURRADA  

  Es posible encontrar un lugar perfectamente ordenado donde finas líneas paralelas fugan a las esquinas de la tierra y donde formaciones impecables de cúmulos y nimbos cubican el cielo. Hay allí colinas y barrancos que se compensan entre sí para producir una superficie rigurosamente plana. Hay vastas extensiones blancas, árboles escasos y contados colocados en puntos estratégicos del paisaje, cabañas, caminos, lindes y montículos de piedras que nos permiten medir las distancias, capas de sedimentos que nos indican la profundidad o la altura con toda precisión. Sin embargo, en esta zona, cuando el caminante escala una loma descubre un paisaje distinto. Lo que parecía un plano infinito y yermo se convierte en variada sucesión de montes, vaguadas y gargantas; aparecen pueblos, bosques ocultos, campos de colores complementarios, ríos de aguas verdes, castillos y huertos. Qué distinto es este lugar del espectacular paisaje de la montaña donde todo es caos, desorden, abundancia y exceso. Para el turista, la sierra es motivo de admiración; al pintor, le causa desasosiego. En la Mancha han aprendido a mirar, a comprender y a ordenar lo que ven los más grandes pintores de nuestra historia.  

Desde el principio me inquietó la pintura de Ulpiano Carrasco. Se trata de un artista de mi misma edad, y en su obra se concitan muchos de los interrogantes que atenazan a toda una generación de pintores. Cierto es que Ulpiano es un artista, lo ha sido siempre; también, que su trayectoria transcurre al margen de la de los paisajistas que cada año surgen de las facultades de Bellas Artes. Cabe afirmar que Ulpiano es un fruto de su tierra, de la tierra nos habla en la mayoría de sus lienzos y, sin duda, ella le ha explicado en un susurro por qué toda tierra es sagrada. Casi todos los paisajistas de esta generación se ven envueltos en una discusión sobre el expresionismo que en gran medida no les concierne. Como ellos, Ulpiano rinde culto a Van Gogh, a Munch, a Kokoschka, a Benjamín Palencia y al joven Barceló, y a la vista están (en sus cuadros de los años 80 y aun de comienzos de esta década) las influencias que sobre él han ejercido todos estos artistas. Ulpiano se ha formado admirándolos, comprendiéndolos y emulándolos en cierta medida. De Palencia y del impar García-Ochoa tomó la sensualidad de la pincelada, del holandés acaso la viveza del color y la capacidad de emocionarse... Pero nuestra relación con la tierra, con el paisaje, no puede ser la misma que mantenían aquellos artistas con lo que veían y vivían. Porque ¿qué es hoy el paisaje?: ¿un reducto?, ¿un refugio?, ¿un paraíso amenazado?, ¿un lugar alejado de aquel en el que verdaderamente desarrollamos nuestras carreras y nuestras vidas? Acaso la naturaleza represente hoy simplemente todo aquello que no ha sido hecho por el hombre. Es una ventana a otro mundo, y en él el sentido de nuestras preguntas cambia: ya no importa cómo está hecho y cuánto vale, importa acaso por quién y para qué.  

Para muchos jóvenes artistas, el contacto con el paisaje es el contacto con lo primario, es conmemorar lo esencial y misterioso más allá de un entorno domesticado, acondicionado y, sobre todo, comprensible. Para otros muchos, representa en primer lugar un reencuentro con la pintura, con una pintura que es una suerte de ritual en el que se invoca a la vez a la sabiduría y al instinto. Yo diría que para el inquieto Ulpiano es, además, un modo de hallarse a sí mismo y de proyectarse hacia el mundo.  

Nuestro pintor ha alcanzado su madurez como artista, y en las obras que ha creado para esta exposición están surgiendo por vez primera formas y figuras que solo él ha sabido encontrar en el alma del paisaje: espectros y símbolos agazapados en los mares de trigo, en las rojas salpicaduras de las amapolas, en los remolinos de polvo, en las cambiantes sombras. Sensaciones y expresiones, visiones y anhelos que se ocultan en los pliegues más ocultos de su pintura. Si hubiéramos de caracterizarlo, diríamos que en su pintura predominan los verdes y los naranjas, que los horizontes se sitúan en el mismo borde superior del lienzo y que en los primeros planos se produce una distorsión del espacio muy peculiar y sutil. Al fondo, cerca del horizonte donde todo es azul y las formas se aprietan, aparecen misteriosas ciudades e inexploradas cordilleras. En el primer plano, junto a nosotros, junto al pintor, la tierra, la flor, la vid, el olivo y el almendro son los actores de una obra plena de delicadeza, candor e inocencia. En sus cuadros todo es alegoría y símbolo. Ulpiano Carrasco no nos habla del paisaje, sino de la relación que mantiene con la naturaleza y con aquello que esta tiene de mágico y de sagrado, que es todo o nada. La elección, esa elección, es el gran dilema de nuestra época y es también el mensaje que subyace en la obra de Ulpiano. No conocemos la respuesta, pero hemos conocido a este pintor singular, paseado por los lugares que frecuenta y sabemos que es posible encontrar, al final de una suave pendiente, una pequeña planicie donde la tierra es blanca. El camino gira entonces y se esconde tras unos pinos, bajo uno de ellos, hay un hombre arrodillado ante un lienzo que está trazando sobre él una serie de misteriosos signos valiéndose de grandes tubos de pintura al óleo. Los signos son azules arriba, amarillos en el centro, y rojos abajo. A veces se detiene a escuchar el silencio. Luego escribe rápidamente otra línea: toda tierra es sagrada. Lo que en ella mora vive también en nosotros.  

Javier Rubio Nomblot, 1999


LECTURA DE ULPIANO CARRASCO  

    La presencia de Ulpiano Carrasco en Bilbao es una suerte para quienes frecuentamos museos y galerías de arte. Viene, no como pintor novel en busca de una sala y una ciudad que le prestigie, sino como un pintor conocido y reconocido. Sin falsas humildades ni vana soberbia, expone en la Galería Bay-Sala, decana de la villa. La pintura de Ulpiano Carrasco evoluciona de un modo imperceptible. Solo comparando su obra en tramos de varios años vemos que se está moviendo. Esto es bueno, indica una insatisfacción personal, al margen de las opiniones de público y de críticos. De público, porque ha gozado de las simpatías del mercado prácticamente desde que apareció como pintor; y de las críticas, porque también le apoyaron y animaron, siempre, con unanimidad. Lo cómodo, lo normal en el sentido de hacer lo que hace la mayoría, sería concienciarse de haber hallado el tan buscado filón del éxito y aposentarse en él. Bien podría decir: para qué cambiar si dicen, y el mercado termómetro infalible en tantas cosas lo confirma, que soy buen artista, un pintor buscado y cotizado. Sin embargo Ulpiano, en la soledad de su estudio de la Manchuela conquense, sabe que tras ese horizonte existe otro y otro.  

En Historia se explica que el devenir del ser humano es una serie de horizontes sucesivos. Es decir, que tras una meta, existen otra y otra. Confirmando que el elemento diferenciador del hombre es el caminar sin fin en busca de un ideal, que por su propia esencia es inalcanzable. Claro, porque entonces dejaría de ser ideal. Es la búsqueda del cuadro perfecto. Algo que nos atrae y que se aleja a medida que nos acercamos. Una primera visita, como he señalado más arriba, bien se merece unas líneas que nos pongan en preaviso acerca de las características más notables de los trabajos de Carrasco. Si atendemos a la técnica que utiliza, vemos las fuentes en las que aprendió el oficio de pintor. Ahí andan, de la mano de Van Gogh y Benjamín Palencia, entre otros. Buenos ambos juntos y por separado. Naturalmente, Ulpiano sabe que los maestros son buenos para enseñar; pero, a continuación, hay que volar independientemente. Es lo que hace. Con una soltura que le viene de una lección bien aprendida y una valentía propia de los que creen en sí mismo, se enfrenta a los temas sin complejos. El pincel resbala sobre el soporte con seguridad, sin arrepentimientos. No tiene inconveniente en volver sobre lo pintado para reforzar o disminuir, según le convenga.  

Como todo pintor inteligente, sabe elegir el tema y el momento le luz más acorde con su técnica. Es la mejor manera de no equivocarse. En arte, aunque alguno lo practique, no vale todo, ni mucho menos. Me atrevería a decir que vale muy poco, a nada que seamos un tanto exigentes. En Ulpiano, lo fundamental de su técnica viene dado por todo el proceso que precede a la ejecución. Cuando decide qué pintar y cómo pintar, cuando pone y añade, cuando estira y encoge. El acto de pintar, en él no es una aventura sino un proyecto que se cumple con exactitud. Luego vendrán las pinceladas finales, que redondean la obra.

Pero el grueso existía ya así, como lo vemos, antes de iniciar el acto de mezclar, o no mezclar, los colores. Paulatinamente, los temas han ido haciendo acto de presencia de forma variada. No es que los haya descubierto ahora. Los tenía ya rondando; pero solo ahora, cuando él lo cree oportuno, aparecen sobre el lienzo. Y habrá otros que todavía no los hemos visto pero que Carrasco ya los tiene madurando. La aparición de un tema no conlleva la desaparición de los demás. Cuando yo lo conocí hace más de seis años eran sus tierras de Cuenca, fronterizas con Albacete, el motivo fundamental de su obra: tierras, paisajes y plantas que conocía perfectamente. Tanto que era capaz de visualizarlos con solo cerrar los ojos. Hoy, sin renunciar ni a sus orígenes artísticos ni a sus raíces vitales, ha sabido ampliar los motivos de su arte.

Bodegones, paisajes tradicionales y urbanos /París, Londres, Cuenca/ conviven con interiores y figuras. Para confirmar esto que digo, ahí está ese bodegón de frutas frescas en el que Ulpiano ha extendido, mejor dicho, ha desparramado las piezas, atendiendo sobre todo al color de cada una más que a las formas. El mantel irremediablemente recuerda algunos paisajes en los que la orografía se recorta sobre un cielo azul-violeta; al tiempo que las frutas le sirven para distribuir el color, las utiliza para conseguir la perspectiva.  

Todo ello conjuntado y compensado tanto compositiva como cromáticamente. Son todos ellos trabajos pinturas con el denominador común de la calidad y la originalidad. Porque Ulpiano es de esos pocos pintores a los que les sobra la firma.

Sus formas, sus características le definen y le hacen distinguirse de los demás. Pero no importa, nuestro pintor seguirá firmando su obra, tanto por respeto a sí mismo como al público.

El dibujo queda subyaciendo bajo el color. Porque Carrasco sabe de la importancia del dibujo. Podríamos decir que primero dibuja con el lápiz y luego desdibuja con el pincel.

 

José María Arenaza Urrutia, 2000.

Catedrático de Historia del Arte.

gregojpg Con Gregorio Prieto en su Fundación.


ULPIANO CARRASCO Y EL IMPULSO DEL MEJOR COLOR MANCHEGO

 

Nacido en la provincia de Cuenca, en una pedanía de Villanueva de la Jara, dentro ya de la Mancha que mira hacia Albacete, el pintor Ulpiano Carrasco es el artista que más me ha ayudado a descubrir como el paisaje puede llegar en determinados momentos del año a una exaltada sinfonía de colores.

Lo pude descubrir a finales de noviembre de 1998, cuando desde la Sala Comas de Barcelona me invitaron a escribir un texto en el catálogo de su exposición. Yo, por fortuna, tenía fresco el recuerdo de un viaje en tren de Cuenca a Valencia en el día de Todos los Santos y también tenía presente una breve estancia en la parte más alta de la población. Entonces la naturaleza se hallaba en un momento óptimo, con unos árboles que dejaban la frondosidad del verano y se empezaban a preparar para los fríos del invierno; con unos cielos azules que se enharinaban de nubes; y con un piar de pájaros que, después de pasar la noche abrigados en las partes más bajas de la montaña, alzaban el vuelo en bandadas a la búsqueda del calor del sol. Lo había vivido de primera mano e incluso había llegado -no me duele nada confesarlo- a emocionarme. Por eso, cuando me encontré delante de los cuadros que pintaba Ulpiano Carrasco me sentí felizmente transportado a aquellos instantes vividos y, sin ninguna duda, me entró el convencimiento de que me encontraba delante del más exacto y moderno intérprete plástico de su tierra. Él era de Cuenca y la mejor Cuenca, la más plena y rica, se encontraba en sus paisajes.

Han pasado más de doce años desde aquella exposición y conservo vivo su recuerdo. No tengo que hacer ningún tipo de esfuerzo para recular en el tiempo y eso es porque intermitentemente he tenido diversos contactos con la pintura de Ulpiano Carrasco y éste, a medida que perfeccionaba en el oficio y encontraba otros motivos de inspiración, nunca perdía el impulso original, aquel que le hizo enamorado hijo de sus orígenes.

Ahora, junto a ustedes, vuelvo a encontrarme con el artista. Este ya es un pintor hecho a base de una serie de exposiciones por toda España y por una serie de países de Europa, Asia y América. Su obra ha recorrido mundo y también lo ha hecho él, Ulpiano Carrasco, que ha conocido diversidad de ambientes, costumbres, luces y colores. El ir y venir le podían haber hecho cambiar, pero no ha sido así. Se ha perfeccionado y se ha hecho más intenso en sus explicaciones coloristas, pero ha conservado el impulso de los orígenes. Sinceramente lo celebro, tanto por él como por todos nosotros.

José María Cadena.
Crítico de Arte.



ULPIANO CARRASCO EN BILBAO, NUEVAMENTE 

 

    Ulpiano Carrasco ocupa, cada vez más, un lugar importante dentro del panorama actual de las artes. Pero no ha sido siempre así. Su trayectoria ha sido larga. Pero si hubiera que adjudicarle una virtud, tendría que ser la de la constancia. La cual hace que todas las demás puedan desarrollarse. Y la fe, en sí mismo y en el valor de su pintura. A pesar de los muchos consejos que le han dado, intentando orientar su pintura en uno o en otro sentido, él siempre ha hecho lo que ha querido; dejándose llevar por la intuición y por su propia experiencia.  

A veces los consejos suelen desorientar más que ayudar. Sobre todo, cuando vienen del exterior, del tendido. Siempre hay falsos entendidos que sugieren uno u otro tema. Ignorando que, la elección de un tema como motivo de un cuadro así como su interpretación, es uno de los actos más personales que un artista puede realizar. Seguramente, frente a un mismo paisaje, dos o más pintores se ubicarán en un lugar distinto. Por la sencilla razón de que cada uno tiene una sensibilidad distinta, acorde con su forma de ser.

Estoy siguiendo la trayectoria de este pintor desde hace bastantes años, los suficientes como para haberle visto ir subiendo en calidad y en profundidad. Por eso puedo decir que Ulpiano debe poco a otros artistas. Digo poco más como concesión para evitar discusiones estériles; porque, por con- vencimiento, alguno dirá que su estilo tiene parecidos, resonancias, semejanzas. Claro, como todo el mundo. En este y en otros campos, todos somos hijos y herederos de los que nos precedieron en el tiempo. Lo que pintamos, lo que escribimos guarda algún tipo de relación con otras pinturas y otras escrituras. En el caso de este artista ahí termina todo. En algunas referencias.  

Lo demás, lo verdaderamente importante en una pintura es decir la elección del motivo, la forma en que dialoga la arquitectura con la naturaleza, el tratamiento del color, lo mismo que la elección y el tratamiento de los tonos y en tantos otros detalles que omito. Ahí, repito, es dueño de su estilo. Personal, donde los haya. Inconfundible. Distinto y distante de los demás, para bien o para mal. Quizá gustara más al público, al galerista o al coleccionista, si pintara "al estilo de". Quizá. Pero, desde luego, ya no sería Ulpiano Carrasco, manchego por los cuatro costados. Y digo lo de manchego porque discrepo de los que dicen que es un pintor barroco.

Para comenzar, no es ningún término peyorativo. Pero las cosas hay que dejarlas claras. El barroquismo de Carrasco yo no lo veo por ningún lado. Porque no pinta con muchos colores, más bien con bastantes pocos. Eso sí, llamativos, brillantes, muy bien puestos y muy bien compuestos. Y claro. Llenan los ojos del espectador. Pero si salimos del anaranjado, del azul, del verde; los demás se reducen a unos pequeños toques. Y es que La Mancha, en general, y La Manchuela, en particular, hacen de los que allí se han criado, gente austera, sin ser triste; sobria, sin ser penitente. Personas con las ideas muy definidas.  

Visita nuevamente Bilbao, como una de las plazas importantes del panorama artístico nacional. Aquí ocurre como con ciertos premios. Que el premio prestigia al artista y este, a su vez, realza al premio; lo mismo ocurre con Ulpiano. Lo que viene a certificar que el coleccionismo vasco sigue estando abierto a todo lo que sea innovación y calidad. Aunque el factor económico es importante, no es el único baremo para medir a Ulpiano. Existen, desde hace años, personas de gusto, que van rodeándose de obras de este artista. Y, cada vez más, los medios de información le dedican más espacio y más tiempo, al tiempo que la bibliografía suya se va ampliando, no solamente con comentarios, más o menos acertados, sino con estudios acerca de su obra. No tengo ninguna duda de que estamos en presencia de un valor artístico seguro, ya. Todavía le quedan por delante muchos años de trabajo y creación. Pues no se llevó pequeño susto cuando en los comienzos de su carrera pictórica, allá en Salamanca, se le advirtió de que en esta profesión el inicio del reconocimiento popular no llegaba hasta pasados los cincuenta años, naturalmente. Y se lo decían a él que no llegaba a los treinta.

Como puede verse, el pronóstico no se cumplió, como era su obligación. El éxito le llega joven, como a pocos. Pero si el tiempo es breve, el trabajo es largo, muy largo. Y la reflexión ante el paisaje o el bodegón es profunda, muy profunda. Y llega a Bilbao con una muestra muy coherente. Con todos los cuadros interrelacionados como si fueran instantáneas de un mismo tema porque aquí no hay que buscar mucha variedad. Eso no coincidiría ni con la sobriedad ni con la austeridad a las que me he referido más arriba. Trae cuadros que pueden actuar independientemente o en grupo. Cada uno de ellos contiene a los demás, pero ninguno se expresa más que por sí mismo. Lo mismo que las facetas de un diamante  

reflejan la misma luz, pero de un modo distinto. Quiero ofrecer al lector una reflexión muy personal. Dos o tres cuadros de Ulpiano Carrasco se acompañan perfectamente, sin molestarse el uno al otro. Sin embargo, engullen a otro tipo de pintura que se coloque en sus proximidades. Lo absorbe o le resta fuerza, protagonismo. Por eso, es muy conveniente ubicarlos en soledad donde brillan poderosamente. O acompañados, no importa que sea en cercanías, pero de otras obras de la misma mano.  

Quiero, finalmente, hacer constar la lentitud con la que Carrasco pinta. Para verificar esta afirmación no hay como acercarse al soporte, a la tela. Ahí, en la distancia corta, puede apreciarse que su técnica tiene que ver, puestos a buscar parecidos, con el esmalte cloisonné. Pequeños departamentos de color que cobran valor y volumen a medida que nos vamos alejando.  

Al ir retrocediendo la pincelada pierde soltura. Como si el pintor hubiese ejecutado la obra de un modo nervioso, suelto, casi superficialmente. Nada más alejado de la realidad. En esta ocasión sí se cumple aquello de que "las apariencias engañan". Mírelo, nuevamente de cerca.  

José María Arenaza Urrutia, 2001.

Catedrático de arte.

                                                      

 ULPIANO CARRASCO, EL COLOR DE LA PASIÓN.

 

El primer Ulpiano conocido no era pintor, sino jurista, y compiló hace mil ochocientos años los grandes ideales clásicos que inspiraron el Derecho Romano. Otro gran Ulpiano de nuestros días inspira su obra en un ideal diferente, pero igualmente elevado, que se pierde en el alma de la memoria colectiva del hombre: el de la belleza. Pasearse entre las obras de Ulpiano Carrasco es una excitante zambullida en un universo de rabiosa exaltación de la existencia. Un alegre desafío al pesimismo, a los panoramas sombríos que la vida a veces nos pone en el camino. El color explosionando en nuestro rostro con vigor expresionista, con la pasión tumultuosa que condena al gris a la inexistencia. Pasión maniqueísta, como en la vida, porque el mundo del arte es el mundo de los sentimientos y en ellos el mezquino gris nos envenena. Blanco o negro en la vida equivale a color o ausencia de color en la pintura de Ulpiano. No queráis ver otro mundo en sus cuadros porque es éste mismo, nuestro mundo después de atravesar su corazón.  

Yo quiero (y quien no) que mi vida sea como los cuadros de Ulpiano, llena hasta reventar de sus formas voluptuosas e impulsada por la intensidad de su fuerza creadora, sin un solo trazo de melancolía, sorteando los abismos con la irrefrenable energía de sus colores, expulsando a las sombras con una fiera y hermosa llamarada.

        Los lienzos de Ulpiano son ventanales que se asoman a medio mundo despidiendo su cromatismo mágico a densos chorros desde Nueva York a Singapur. Museos, galerías y coleccionistas afortunados que iluminan sus estancias con su presencia.

David Espejo-Saavedra

 

ME GUSTARÍA VER PINTAR A ULPIANO 

    Me gustaría ver pintar a Ulpiano Carrasco. Pasar largas horas en silencio, observándole, viendo el milagro constante del color que nace de su paleta, contemplando su habilidad para conjugarlo. Prometo no distraerle, no molestarle, permanecer en silencio respetuoso. Hace años que vengo siguiendo su hacer y admirándole desde la primera vez que pude ver su obra. Es un estallido de color, valiente, expresivo. Y añade la fantasía, el saber ofrecer una nueva imagen de la realidad siempre presente en su obra. Ve lo objetivo de manera diferente, muy personal. Es un creativo nato, marca distancias y ocupa un lugar cimero. Valiente en su visión de Venecia, Góndolas se titula la tela, o cuando en Sacré-Coeur, nos describe su París -que nada tiene que ver con el París que otros contemplan- explosivo en sus almendros que crecen en rojas tierras, espléndido en sus bodegones. Y señoreando la exposición, sus inolvidables paisajes. El que sabe, sabe, y Ulpiano Carrasco sabe mucho del misterio de pintar.

 

Juan Llop, 2014.

FORMAS PLÁSTICAS


Pintura de Ulpiano Carrasco

En la pintura de Ulpiano Carrasco el color se enciende, y se expande vibrante sobre el soporte. Sus paisajes nos acercan a una realidad que ha sido desgranada por la sensibilidad del artista y, posteriormente, reestructurada a través de vitales pinceladas que parecen engarzarse rítmicamente. La insistencia en definir la obra a través del color se acomoda en la obra reciente de Ulpiano Carrasco a un nuevo diálogo con la línea. Ambos elementos formales se integran para definir un discurso inconfundible, asentado en la irrefrenable energía de una pincelada y un trazo que asumen la naturaleza como un ser vivo; esto es, como un organismo dotado de una energía intrínseca, latente, que el artista consigue sacar a la luz a través de su pintura A lo largo de su trayectoria, Ulpiano Carrasco ha ido intensificando su relación con la naturaleza hasta identificar su análisis plástico con la construcción exultante de la imagen, si bien algunos de sus recientes paisajes atemperan el color e integran suaves matices azulados. El espacio plástico es el resultado de esta construcción tonal, un espacio que se proyecta hacia la propia superficie del soporte: en la obra de Ulpiano Carrasco la composición no es instrumento para organizar un espacio medido, proyectado en profundidad, sino para acercar la vivacidad de la imagen al espectador. Su pintura es firmemente expresiva y, en esta composición, todos los trazos Cromáticos son causa de evocaciones. En su pintura el horizonte no sirve para marcar la distancia que permite situar cada cosa en su sitio. Al contrario, este horizonte actúa como marco de una imagen que se materializa impuesta en primer plano, con una rotundidad que no esconde, sin embargo, los múltiples y complejos matices cromáticos que han elaborado la imagen final Ulpiano Carrasco separa el mundo de la creación y el mundo de la naturaleza -de su representación realista y estrictamente verosímil-. Distancia que, en su caso, se convierte siempre en exigencia de la creatividad plástica, y que procede de ese impulso interior que lleva a transformar las cosas para encontrar un nuevo grado de belleza, distinto al habitual

José Pérez-Guerra, 2007

El Punto de las Artes


ULPIANO CARRASCO Y EL IMPULSO DEL MEJOR COLOR MANCHEGO

 

Nacido en la provincia de Cuenca, en una pedanía de Villanueva de la Jara, dentro ya de La Mancha que mira hacia Albacete, el pintor Ulpiano Carrasco es el artista que más me ha ayudado a descubrir cómo el paisaje puede llegar en determinados momentos del año a una exaltada sinfonía de colores.

Lo pude descubrir a finales de noviembre de 1998, cuando desde la Sala Comas de Barcelona me invitaron a escribir un texto en el catálogo de su exposición. Yo, por fortuna, tenía fresco el recuerdo de un viaje en tren de Cuenca a Valencia en el día de Todos los Santos y también tenía presente una breve estancia en la parte más alta de la población. Entonces la naturaleza se hallaba en un momento óptimo, con unos árboles que dejaban la frondosidad del verano y se empezaban a preparar para los fríos del invierno; con unos cielos azules que se enharinaban de nubes; y con un piar de pájaros que, después de pasar la noche abrigados en las partes más bajas de la montaña, alzaban el vuelo en bandadas a la búsqueda del calor del sol.

Lo había vivido de primera mano e incluso había llegado no me duele nada confesarlo a emocionarme. Por eso, cuando me encontré delante de los cuadros que pintaba Ulpiano Carrasco me sentí felizmente transportado a aquellos instantes vividos y, sin ninguna duda, me entró el convencimiento de que me encontraba delante del más exacto y moderno intérprete plástico de su tierra. Él era de Cuenca y la mejor Cuenca, la más plena y rica, se encontraba en sus paisajes.

Han pasado más de doce años desde aquella exposición y conservo vivo su recuerdo. No tengo que hacer ningún tipo de esfuerzo para recular en el tiempo y eso es porque intermitentemente he tenido diversos contactos con la pintura de Ulpiano Carrasco y este, a medida que perfeccionaba en el oficio y encontraba otros motivos de inspiración, nunca perdía el impulso original, aquel que le hizo enamorado hijo de sus orígenes.

Ahora, junto a ustedes, vuelvo a encontrarme con el artista. Este ya es un pintor hecho a base de una serie de exposiciones por toda España y por una serie de países de Europa, Asia y América. Su obra ha recorrido mundo y también lo ha hecho él, Ulpiano Carrasco, que ha conocido diversidad de ambientes, costumbres, luces y colores. El ir y venir le podían haber hecho cambiar, pero no ha sido así. Se ha perfeccionado y se ha hecho más intenso en sus explicaciones coloristas, pero ha conservado el impulso de los orígenes. Sinceramente lo celebro, tanto por él como por todos nosotros.  

José María Cadena, 2011. Crítico de Arte.


SERÁ MÁS ALLÁ DEL PAISAJE  

Es fácil comprobar que esa especie de metáfora hoy aún más madura y, si se me permite, hasta mejor expresada y lograda, permanece constante en la obra de Ulpiano. El color viene a estallar -como siempre- en el cuadro y su lenguaje también se mantiene valiente y directo, aunque con una suave distancia. Hay en su pintura juventud y verdad y -quién lo diría- un manifiesto ejercicio de objetividad porque más allá del patente apasionamiento que exhiben en sus obras las formas y el color (ya se trate de uno de sus característicos paisajes, de figuras o de un vibrante bodegón) hoy su producción se confirma cuadro a cuadro como un sutil e incluso hábil homenaje a la pintura que sirve para dar forma - ¿Podríamos decir exacta? - a las emociones y a los pensamientos. Todo con el suficiente punto de realismo y de pin- celada viva para que el espectador mantenga la referencia exacta de lo que el pintor desea ofrecerle y el punto de escape necesario para alcanzar la fantasía que puede aportar la pintura.

Pese al toque tan "encendido", tan luminoso que traen sus cuadros, parece no tratarse tan sólo de un juego vitalista o positivo (un atractivo juego de manchas de color), aunque no hay en ellos soledad, pero si silencio, y también destellos de ingenuidad y de respeto, de modernidad y al mismo tiempo de clasicismo y, por qué no, de un homenaje al exceso. Ahí está el color con su simpática y narrativa intensidad mostrando a partes iguales vigor y dulzura, quietud y ritmo, un magnífico y atrayente ritmo. Al mismo tiempo y, obra a obra, podría también apuntar- se una curiosa, digamos, grandeza: si es cierto que en su pintura asoma el homenaje constante a los maestros, también lo es el hecho de que "su plástica -como hace ya diez años el crítico Antonio Lázaro expresaba textualmente- está evolucionando conforme a normas propias". La proyección plástica de Ulpiano Carrasco parece partir de una agradecida o respetuosa mirada al pasado y de un inocente sentido de la evolución para terminar ofreciendo -con esa impronta personal que se le debe exigir de alguna forma a cada artista- una información pictórica de mirada limpia, objetiva como decíamos antes, y de una creatividad que nace de la propia libertad, el dominio y de toda la información que ha sabido apreciar y acumular de artistas magníficos en la historia. Ulpiano inclina la balanza hacia la modernidad, pero la pincela sabia, narrativa y hábil permanece. El asunto del cuadro es una lucha de formas y colores con el contrapunto de un fondo que es un discreto horizonte y que funciona como una suerte de suave referencia; el rastro previo de dibujo del que parten sus cuadros acaba viviendo y tomando forma definitiva con el "desorden" que le aporta el color: una

especie de vendaval cromático con reminiscencias expresionistas que fácilmente atraparán al espectador. El color encendido arrastra a quien mira el cuadro, y es de imaginar que la sensibilidad terminará además por conquistarle. Un innegable sentido de la composición, una proyección plástica valiente y marcadamente personal, el recurso a un paisajismo que es más que probable tenga mucho de interior, su amistad con las formas, o la potente herramienta del color... Ulpiano parece ser de esos pintores que trabajan con libertad y con rigor y que saben siempre -consiguiéndolo- expresar precisamente lo que desean expresar en el cuadro. Con respeto y con un impecable sentido en el mensaje y en el terreno mera- mente plástico para lograr que eso que podríamos seguir llamando pintura-pintura no se pierda nunca y comparta un lugar junto a las vanguardias y a todas las expresiones avanzadas y hasta atrevidas que lleguen a manifestarse en el terreno del arte.

Margarita Iglesias. 

Crítica de Arte. 


EXPANSIVA GENEROSIDAD EN LOS GOCES PICTÓRICOS DE ULPIANO CARRASCO  

    En noviembre de 1998 acompañé en el catálogo a Ulpiano Carrasco, que realizaba en esta misma Sala Comas su primera exposición individual en Barcelona. Escribí para él un texto muy colorista para estar a tono con su pintura, y advertí en el mismo que entre los jóvenes pintores figurativos del momento él sería un artista que daría más y más que hablar. Luego vino su segunda exposición en enero-febrero de 2001 y lo que fuera intuición se convirtió en certeza. Y ahora, a la tercera, no solo va la vencida, sino que todos /sala, coleccionistas y crítica/ podemos decir que su personal lenguaje plástico se ha consolidado y crece en la rotundidad del concepto. La comunión con la luz la vive Ulpiano Carrasco como una gozosa exaltación de los colores. Nacido en el campo conquense, ya en la raya manchega que mira a Albacete, la naturaleza le dio la oportunidad de conocer los colores en los momentos mágicos del cambio de las estaciones. Y su sensibilidad supo aprovecharlo; primero en la exaltación de lo natural a través de paisajes y bodegones, y ahora con la traslación a los interiores y a las personas de unos valores cromáticos, ya bien asimilados permiten la interpretación de la vida y el discurso propio sobre el hacer humano. Porque el pintor no sólo es el ojo que ve, sino que se hace grande a través de la mirada que interpreta y conecta con el pensamiento colectivo.  

    En la pintura de Ulpiano Carrasco, conozcamos o no los lugares o las situaciones humanas que a él le motivan, nos sentimos representados en los goces de la tierra que germina, florece y se expande en frutos con una inagotable generosidad. A través de su manera de entender lo que le atrae, se renuevan en nuestro yo individual unas sensaciones que conservamos como propias, sin que ello nos aparte de la coincidencia que tenemos con los demás. El pintor se perfecciona en cuanto a sensibilidad interpretativa; pero, como el progreso no se lo queda para sí sino que lo difunde, todos ganamos con la visión de sus cuadros.  

    El cielo suele ser una franja estrecha, aunque de azul puro, en lo alto de los cuadros de paisaje de Ulpiano Carrasco. Y es que los ideales del pintor están arraigados y fructifican en la tierra. Igual que sus girasoles busca siempre la potencia energética de la luz, pero no quiere ascender por ella. Entiende que su lugar está dentro del inagotable espacio de lo que pueden percibir los sentidos para hacer que, del goce de la vida, surja una voluntad de perfección lo más amplia posible. Porque el hedonismo que expanden sus cuadros es sano y directo; tan sano y directo como el sol que calienta los campos, el aire que mece las plantas y el verde que crece en medio del fértil ocre de la tierra. Una salubridad artística que se concentra, siempre hospitalaria, en el interior de la casa campesina y en el intenso azul de la noche.  

Josep M. Cadena, 2003. Cruz de San Jordi.


ARQUITECTURAS DE GRANDES METRÓPOLIS 

    La exposición de Ulpiano Carrasco en la Galería Comas se titula El hombre y los fractales; con pinturas, serie Fractal, realizadas con óleo y técnica mixta sobre lienzo. Unos paisajes colmados de tonos angulares en los que la fracción o el encuadre aparece como ámbito habitado desde múltiples consideraciones. Son arquitecturas de grandes metrópolis y también parcelas rurales en las que se intuye la dinámica de los días y de las estaciones entre formas y colores al rojo vivo; como si el cromatismo, "fauve", rugiese hasta concertar el tono en cantos existenciales.  

Ulpiano Carrasco (Casas de Santa Cruz, Cuenca, 1961) es un profesional formado asumiendo los retos que cada proyecto procura. Y practicando, se ha curtido en el esbozo dibujado, en la composición equilibrada; midiendo sin perder su propio sentido, para que los procedimientos pictóricos alumbren la dimensión y los cromos liberen sus propiedades en pos del conjunto siempre subjetivo. Celebra sus primeras exposiciones en Albacete y Yecla el año 1985; y en los 25 años transcurridos ha protagonizado numerosas exposiciones individuales, ha participado en colectivas y ferias de arte españolas y extranjeras: Artesantander, Lineart en Gante, Artesevilla, Artexpo en Barcelona y Nueva York... obteniendo importantes galardones en certámenes nacionales. Y su obra figura en colecciones públicas y privadas.

José Pérez-Guerra, 2015. El Punto de las Artes.


RECORRIDO CIRCULAR  

    Hay galerías que honran a los pintores que exponen en ellas. También hay pintores que prestigian, y valoran, el local en el que cuelgan su obra. En este caso, se produce una feliz conjunción de ambas posibilidades con motivo de la exposición de Ulpiano Carrasco en la Galería Okendo, de Vitoria Gasteiz. Viene de lejos; pero, hay que reconocer que en la actualidad, la capital del País Vasco está adquiriendo una notoriedad cultural y artística que la coloca entre las ciudades más interesantes y ricas en acontecimientos culturales. Ha llegado más tarde que otras, pero eso le ha permitido ahorrarse equivocaciones y apuestas ruinosas Desde luego, Ulpiano no es un desconocido. Ni en éstas, ni en otras tierras. Son ya demasiados años trabajando y muchas exposiciones a las espaldas como para pasar inadvertido. Bilbao y Santander han acogido exposiciones de su obra, por citar lugares inmediatos. Si fuéramos más lejos habría que citar Madrid, Barcelona o Cuenca. Pintor de largo recorrido, no es un recién llegado a la pintura. A pesar de su juventud, son casi treinta los años que trabaja en este campo. Nacido y residente en Villanueva de la Jara, territorio de La Manchuela, ha sabido mantenerse fiel a su patria, consciente de que para ser universal hay que ser primero local. Quizá esta idea le llegue del más universal de los manchegos a fuer de más localista, don Quijote. El sosiego, la paz de Villanueva, donde, como señalo, vive, pinta y reflexiona, le permite analizar su obra lejos de interferencias urbanitas. Porque aparte de otros valores, que iré señalando, la pintura de Ulpiano es una obra muy reflexionada y seleccionada, cuántos cuadros se han quedado en el camino antes de verlos en esta exposición de Vitoria. Este proceso exige una serenidad de espíritu, difícil de encontrar en una ciudad. Lo mismo da sea grande o pequeña. Los problemas e inconvenientes son los mismos en todas: las prisas, el agobio, idas y venidas de actos sociales y reuniones con amigos pintores. Ver y ser visto. Y esto lleva mucho tiempo y crea mucho desasosiego. Su obra, contemplada en su totalidad, ha ido evolucionando de una forma constante e imperceptible. O a la inversa. Todo cambio entraña, cuando es verdadero, un análisis.

Hay que saber dónde se encuentra uno y a dónde desea llegar. Hay que ser cuidadoso con el éxito, el cual siempre invita a repetir la obra premiada, comprada o alabada por la crítica. Su pintura ha ido evolucionando hacia un abandono de lo superficial, de lo accesorio. Progresivamente amplía la mancha en detrimento de lo anecdótico. Al final se está quedando con lo fundamental, en un intento de decir lo más, con lo menos. Este proceso suele darse en épocas de plena madurez, cuando el artista ha construido con solidez su armazón intelectual y técnico. Es entonces cuando sabe distinguir las particularidades imprescindibles, de las demás. En el momento actual puede afirmarse que no hay protagonista alguno en su pintura. Todo apoya al conjunto sin que un aspecto prime sobre los demás. El árbol no prima sobre el edificio, ni el suelo sobre el cielo; como en una sinfonía musical, cada nota ocupa su sitio. Carrasco está, por el momento, muy lejos de dejarse engañar por los cantos de sirena del éxito. Aun cuando estos sean sinceros y acertados. Él sabe cuál es su destino y allí va. Siempre me ha parecido un pintor mezcla de intuición y racionalidad. Sin lugar a dudas, la mejor combinación para no cometer errores. La intuición funciona, vaya que sí, Pero a veces. Lo cierto es que su obra se justifica ante el espectador. Es decir, este, la entiende y la valora. Aun cuando el público no sea eso que algunos llaman "experto en arte" aquí todos somos aficionados por muchas medallas que nos colguemos, sabe que los bodegones, los paisajes y la figura de Ulpiano tienen sentido. Quieren decir algo, están ahí con una razón, con un motivo. Y todo esto sin ninguna grandilocuencia. La obra de este manchego, que va para universal, no es irónica, ni extraña, ni abstrusa. No hay que interpretarla. Se mira, eso sí, con atención, sin prejuicios y nos llega al fondo del alma, o del corazón, sin ningún esfuerzo. Y se queda, sosegadamente. A la hora de situarse ante su obra, no estaría de más tener en cuenta las siguientes realidades: Pinta lo que ve, lo que tiene delante de sus ojos.

José María Arenaza Urrutia, 2004.

Catedrático de arte.